El parto es un acto fisiológico para el que la mujer está programada. Nuestra sociedad ha cambiado mucho y ha influido totalmente en la actitud frente al parto, un proceso que causa una gran carga emocional en la mujer y que debe ser vivido desde el respeto y el acompañamiento.
Después de 12 meses postparto, y de haber podido digerir toda la carga física y emocional que tuvo para mí, os cuento mi experiencia en uno de mis post más personales con el que espero poder ayudar a muchas madres a entenderlo, afrontarlo con serenidad y superarlo.

Recuerdo que desde que tengo uso de razón siempre he tenido muchísima curiosidad por el parto, mi abuela siendo una niña me relataba cómo habían sucedido los partos de sus hijos en un ambiente familiar, con personas de confianza y me narraba el dolor como medio para llegar a un fin.

Siempre he sentido curiosidad por las historias de parto, me parecen historias interesantes que nos permiten saber como la mujer renace para permitir nacer a su hijo y de cómo ese bebé hace ese viaje al mundo exterior. Creo firmemente que ese momento deja una huella en nuestro ADN, pese a que el recién nacido no posee aún un mapa cognitivo totalmente formado.

Cuando me quede embarazada este interés se agudizó aún más, me encantaba escuchar las historias de parto de las mujeres amigas y volver a escuchar las historias de parto de las mujeres de mi familia, he de decir que pude darme cuenta que existían tantas historias como personas, algo que nos dice mucho de la exclusividad del ser humano: cada persona es única.
En la última etapa pregunté a muchas mujeres sobre el dolor, pero conseguía unas descripciones muy vagas de él y era mi caballo de batalla desconocido, teniendo en cuenta que siempre he estado sana y nunca he estado ingresada ni intervenida.

Los últimos meses de embarazo leí muchas historias a través de El parto es Nuestro y Dona Llum, dónde madres comparten en público estos momentos, un acto que me parece de una generosidad máxima dado que no estamos acostumbrados a compartir esto, pero también de una naturalidad total.
Cuando leía esas historias siempre se me ponía la piel de gallina, la tónica general relataba partos que habían ido bien, partos preciosos, y esperaba algún día poder contar el mío desde esa perspectiva.

A tan sólo 4 meses de mi fecha probable de parto y después de conocer a fondo la instalación y los protocolos de mi hospital de referencia, el hospital público Arnau de Vilanova de Lleida, algo en mi interior me recordó las historias de mi abuela, en su entorno y rodeada de gente familiar, en su nido como digo yo y sin interferencias externas en lugares extraños que  te desconcentren del verdadero trabajo de parto. Decidí que no quería parir en ese hospital, la idea de ser atendida por personal a cada minuto diferente y en una instalación muy poco humanizada no me atraía lo más mínimo para traer a mi hija al mundo.

Había leído bibliografia del obstetra francés Michel Odent y de Laura Guttman y tenía claro que deseaba un parto lo más natural posible, sin intervenciones médicas que no fueran estrictamente necesarias.

En ese momento me puse en contacto con Montse Bach una comadrona que realiza partos naturales a domicilio y en su hospital y me explicó las opciones. Es espectacular el tabú que existe en torno al parto como un proceso fisiológico y natural de la mujer, ya que cuando plantee las opciones a mi pareja y familia más íntima empezaron los primeros recelos, estamos tan familiarizados con partos intervenidos y medicalizados que la opción de un parto a casa causaba terror entre mis allegados, un miedo que me dejaba huella y que mi mente proceso como que no estaba aún preparada para ello, pero mi instinto me seguía recordando a mi abuela y a todas esas mujeres a las que no se les cuestionaba su capacidad para parir como algo natural.

Otra de las opciones que se barajaron fueron la posibilidad de llevar a cabo mi parto en un hospital pionero en España en los partos naturales, un lugar lo más parecido a una casa, dónde el miedo de mis familiares sabían que si era necesario intervenir existían los medios necesarios. Pudimos hacer una tourné por el hospital de Valls situado en Tarragona a una hora de camino de mi casa, allí Montse cual campanilla de Peter Pan nos enseño toda la instalación y los protocolos, así como la posibilidad de asistirnos ella el parto. Estaba claro, ella era la persona que queríamos para acompañarnos en ese momento único, y ese era el lugar, un lugar amplio, en calma, en silencio, un lugar que enmanaba respeto, un lugar con ventanas dónde se veía la naturaleza. Ahí sí deseaba ver nacer a mi hija, sin prisas y desde el respeto.

Desde el primer momento le dije a Montse que no deseaba tactos, me había informado a conciencia y sabía que esta maniobra no causa ningún beneficio al bebé ni a la mamá y que simplemente es un medio de controlar el parto por parte del equipo obstétrico, pero en personal con experiencia los gestos, las posturas y la expresividad del parto son iguales indicadores del transcurso. Montse lo aceptó con total naturalidad y me dijo que sólo se haría en la última fase de expulsión y que se ayudaría de un espejo. Bien.

Estábamos profundamente emocionados por haber encontrado una alternativa y íbamos a por ella con todas las fuerzas. Montse trabajaba con otra comadrona Rosa que atendía a domicilio en los partos a casa o en el control en casa durante la dilatación hasta el traslado al hospital. Así pues permanecería en casa el máximo posible durante la dilatación para estar en mi ambiente y una de ellas vendría para observar la evolución y orientarnos sobre el momento de traslado al hospital.
Tuvimos varias visitas con Montse para hablar sobre el parto y gestionar nuestras dudas.

El 7 de Junio, sábado por la tarde comencé a tener pequeños dolores y una necesidad pasmosa de recoger y limpiar cosas para mi bebé. dolores eran muy suaves, estuve durante la noche sentada sobre mi pelota de dilatación moviéndome y luego me fui a dormir, durmiendo del tirón. A las 8 de la mañana me despertaron los primeros pródromos, tenía contracciones cada 10 minutos, pero seguían siendo muy suaves. A las 4 de la tarde empezaron cada 5 minutos, pero pude comer y eran muy irregulares. Rosa se presento en casa y fue siguiendo el proceso, en silencio y desde la prudencia, yo no estaba para preguntas y respuestas, a Rosa sólo la había visto un día y tenía muchísimas ganas de ver a Montse.
Fue pasando la tarde durante la cuál me metí unos minutos en la la bañera con agua caliente para atenuar el dolor y por consejo de Rosa. Seguí en mi mundo, con mi pelota y respirando como lo hacía en las prodigiosas clases de yoga y iba pasando las idas y venidas del dolor.

A pesar de que Rosa es una excelente persona y también tiene una filosofía de parto natural, en casa quiso hacerme varios tactos y mi cuerpo no quería, tampoco me apetecía moverme por la casa, es curioso como dónde más a gusto estaba era en un rinconcito de mi comedor, moviéndome en la pelota o apoyándome fuertemente a la pared cuando venía el dolor de las contracciones ya más fuertes. Me sentí juzgada cuando Rosa me dijo, con toda su buena fe, que tenia que desordenar mi casa, que no debía estar aún de parto porque estaba muy sigilosa y que si no me dejaba hacer el tacto, cómo pensaba parir sin epidural. La presión social en torno al parto provoca en los profesionales, aún teniendo estos una visión natural del proceso, seguir emitiendo juicios y eso debería cambiar, porque una partera es una persona que está en tránsito y cualquier verbalización con juicio entra profundamente en sus entrañas y altera el proceso natural. Pese a pasar por completo de los comentarios, me molestaron bastante en aquel momento.

Llegaron las 11 de la noche y se empezo animar la cosa, las contraciones eran cada 3 minutos, con muy poco tiempo de descanso, perdí el oremus y ya no era yo quién las controlaba, delegué en mi marido. Esta fase la pase en el dormitorio, de pie, empujando las paredes, creo que en mi edificio se registro una leve actividad sísmica y se desplazo unos centímetros en consecuencia, jejejje, mi cuerpo me pedía pasar la contración respirándo y empujando paredes. Entre las 11 y las dos tenía mucha sed, bebí agua y acuarius.

A las 3 de la mañana comencé a sentir muchísimo dolor, las contracciones eran cada 2 minutos y casi no había tiempo de descansar, venían una tras otra, no podía casi dejar de respirar y gemir. Seguía ahora sin aceptar tactos, pero según Rosa quedaban muchas horas por delante. Hacia las 4 le dije a mi chico que deseaba ir hacia el hospital Pius, contando que teníamos una hora de camino y que mis contracciones ya eran muy fuertes y alterarían el viaje.
Lluís llamó a Montse desde otra habitación pero yo algo oía, empezaron los silencios las preguntas cortas, algo pasaba…

Continuará……

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